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Para en quien se conglomera

La virtud de la amistad…

Y no es reproche

De qué valdría

I

Estaba un día una taciturna cucaracha esperando, algo así como a la nada, debajo de una L. Se encontraba conmovida por la visión, ahora sí clara, de ser víctima del engaño premeditado o de la verdad supuesta, que es lo mismo, y que insubordina la mirada hacia el suelo, deprimiéndola. Por cierto, dos días después de este episodio, la cucaracha fue bautizada en la Iglesia de Nuestra Esperanza en la Señora de Beatriz, Precautoria de los Deprimentes y Protectora de los Posibles abandonados, con el nombre de Sindigna.

Mientras los minutos transcurrían y la espera poco a poco se hacía insoportable, Sindigna, inmersa en su desolado fluir vaivenesco, no se decidía a mandar un mensaje a través de sus nuevas antenitas, que casi nunca utilizaba, pero casi agotadas estaban. Finalmente se inclinó por sí realizar su llamada telepática, y cuál no fue su sorpresa, porque ya no era sorpresa para ella, el que nerviosamente le dijeran que la presencia ansiada no sería posible por las razones indefectibles de cuando se abandona el camino correcto, como diría el Papa.

En ese momento de tristeza, y no de enojo como toda la civilización cucarachesca esperaba sucediera, Sindigna decidió viajar hacia su lugar de nacimiento en busca de alguna ayuda sobrenatural que le aconsejara qué hacer.

 

II

Al abandonar la sombra evocadora de tan repetitivos desprecios, sombra de una L, Intentó Sindigna olvidar esos pensamientos nostálgicos que le desgarraban su ego, y solamente lo logró cuando quedo sumida en un prolongado sueño, de dicha e imborrable, como más tarde recordaría, aunque nunca quiso explicar por qué.

Antes de ir en busca de su destino, y al salir de la Iglesia, donde se realizó su bautizo, se encontró ante la presencia de la que fluía la confesión ya tan conocida, y decía que era conocida porque las razones siempre son las mismas y los problemas igual, y por eso, dentro de su lógica, las explicaciones tendrías que ser siempre las mismas.

“No te preocupes, ya estoy acostumbrado”, pensó Sindigna antes de colgarse nuevamente la cadena que lo tenía atado a los desaires de su protector. Y se sintió infeliz, porque no fue capaz de decirle que se tenía que ir lejos, por lo que decidió hacerlo sin avisar, así nomás, por la puerta chica.

Crónica de una cucaracha aplastada 1

III

Al día siguiente, en medio de la placentera y pasional tranquilidad de los jardines, donde las manos sudan, la cucaracha le inquirió a una vanidosa brujita, sobre sus posibilidades, ventajosas o destructivas, de transitar por aquel sendero amoroso iniciado meses atrás.

Fue cuando la tremebunda brujita se desató con infinidad de señales que le anunciaban y le prevenían de los sucesos pasados y futuros de quien la había olvidado una ves debajo de una L. En realidad, Sindigna ya esperaba algo así, lo infería, lo intuía, pero lo que verdaderamente le sorprendió fue la sentencia final de la cínica brujita: “Si lo evitas, cagada serás”.

Pensó la cucaracha que la brujita se refería a que, si ella trataba de escapar de su destino, se convertiría en cagada. “Peor ya no puedo estar en este momento, cagada soy y cagada seré”, se dijo Sindigna y se alejó.

 

IV

Cuando llevaba ya un buen trecho de camino recorrido, la cucaracha se detuvo a descansar para reponer fuerzas y proseguir el camino hacia su libertad presencial del verdugo, más no emocional, porque sabía que serían eternos e inolvidables aquellos lacerantes desprecios de su última pasión.

Se dio cuenta que se encontraba en un parque de diversiones, por lo que para evitar algún mortal pisotón de un ser humano, se replegó hacia unos arbustos lejanos de todo transitar de las personas.

Pero de pronto sintió la presencia de un terrible haragán y valemadres niño que se acercaba distraídamente, Sindigna levantó la vista para conocer las intenciones del delincuente infantil, y quedó pasmada cuando sus ojos se toparon con dos tremendos glúteos exactamente encima de ella, quiso reaccionar, pero era demasiado tarde, trágicamente fue aplastada por una masa informe y pestilente de color café.

El presagio se había cumplido.

 

(1995)

Isidro Morley

Isidro Morley

Autor

«Desde muy pequeño me gustó leer, y desde muy joven quise ser escritor y lo intenté, pero me faltó disciplina y creérmelo, de todas maneras algo salió de esas intenciones, las cuales nunca murieron, así que vamos a cerrar la vida cumpliendo el sueño…»