En la casa de Don Lauro el ambiente era siempre tenso, lleno de problemas, de pleitos por insignificancias. Toda esta tensión casi siempre era ocasionada por sus hijos. Era extraño no verlos discutir, arrojarse objetos, liarse a golpes, y hasta amenazas mutuas de muerte y venganza. Las pocas veces que la casa se encontraba en calma era cuando no había nadie, y eso a veces, porque los peros se quedaban sueltos y armaban también su alboroto.
Todo este ambiente pesado disminuyó gracias a que los dos hijos mayores, Lauro y José, se casaron, con pocos meses de distancia entre sus bodas. Dejaron la casa paterna y cada uno rentó su departamento. Sus padres estaban felices y sentían cierto alivio, ya solo quedaba Juan, que de los tres era el más tranquilo, pero también el más huraño.
Juan era reservado en todo, no le gustaba que se metieran en sus asuntos, y por lo mismo, no se entrometía en la vida de los demás. Le molestaba demasiado que sus padres le hicieran preguntas sobre su persona, —¿Cómo vas en la escuela? ¿Tienes muchos amigos? ¿Tienes novia?—. Él trataba de no contestarles de manera grosera y permanecía callado, pero al final, siempre con su silencio despreciativo les mortificaba aún más que si hubiera contestado de fea manera.
Don Lauro y su esposa Imelda no entendían por qué Juan se comportaba de esa manera, y aunque realmente no era un hijo problema, la actitud que tomaba les era preocupante, así que decidieron que ahora que solo él quedaba en la casa podrían ponerle más atención y ayudarlo en sus problemas, si es que los tenía.
—Es que ya se me hizo tarde para llegar a la escuela, mejor luego platicamos —dijo Juan tomando sus libros de la mesa.
—Espera unos minutos por favor, Juan, aún no hemos terminado, ¿Por qué no nos dices lo que tienes? ¿Te hemos molestado en algo? ¿Tienes algún problema en la escuela? Lo que sea, pero dinos qué te pasa.
—No tengo problemas, y si los tuviera, yo sabría cómo arreglarlos sin su ayuda ¡No necesito a nadie!
Desde que se presentó al desayuno, Juan se dio cuenta que sus padres se comportaban de manera inusual, y no pasó mucho tiempo para que sus sospechas se vieran confirmadas. Primero, lo bombardearon con las preguntas de siempre, —¿Cómo te va en la escuela? ¿Tu amigo Octavio sigue en tu misma clase? ¿Cuándo termina el semestre? ¿Ya pensaste qué vas a estudiar después?—, y ya en la segunda parte que era de la que él sospechaba, se inició con —Mira hijo, somos tus padres, te queremos y nos preocupa el saber qué te pasa. Juan al darse cuenta de lo que venía, prefirió cortar por lo sano e intentó marcharse pretextando que llegaría tarde a la escuela.
—No le hables así a tu padre —intervino doña Imelda— si dices que no necesitas ayuda de nadie, ¿Por qué todo el tiempo te la pasas pidiendo dinero? ¿Por qué no lo consigues por tu cuenta? ¡Trabaja! No pasan tres días y ya estás pidiendo otra vez, que para libros, que un cuaderno, que ir la museo, pero nunca he visto nada de eso, a ver, dime ¿Por qué ya no nos enseñas tus calificaciones?
—Estamos hablando de una cosa y tú sales con otra —fingiéndose ofendido— siempre es lo mismo, mejor así lo dejamos, adiós.
—¡Adiós, ni que la chingada! —gritó Don Lauro— ¡Te dije que vamos a hablar y es lo que vamos a hacer! ¡Siéntate!
Inmediatamente Juan trató de recordar cuándo había sido la última vez que su padre le gritó de esa forma, había sido casi un año atrás, en vísperas de la boda de alguno de sus hermanos. Era la primera vez que había tomado alcohol, se introdujo en la casa tratando de no hacer ruido, pero fue inútil, José, con el que nunca se había entendido, se dio cuenta del estado en que venía y ni tardo ni perezoso despertó a Don Lauro y lo delató. Después de algunas amenazas de Juan sobre José por traidor, su padre logró controlarlo y le propinó un par de bofetadas que por poco logran tenderlo sobre el piso. Desde esa vez, no le había vuelto a dirigir la palabra a José, en su boda ni se presentó, y comenzó a guardar cierto resentimiento contra su padre.

—¡Así estoy bien! —también gritando y retándolo con la vista.
—¡Tú crees que todo te lo mereces! —replicó Don Lauro— ¡Que todos estamos aquí para servirte! Pero estás equivocado, y a partir de ahora las cosas van a ser como debe ser, primero vas a…
—¿De veras quieres saber por qué soy así? —interrumpió Juan con el rostro enrojecido y los labios temblando— ¿Sabes por qué? Porque estoy hasta acá de ti —señalando con el índice la parte superior de su cabeza—, para ti siempre he sido un imbécil, el estúpido de la familia, para ti el mejor siempre fue Lauro, ¡Lauro para acá, Lauro para allá! Siempre le comprabas lo que quería, costara lo que costara, y si te sobraba algo, era para José, y al último, como siempre, el más pendejo… Pero qué tal ahora, como ya se casaron y solamente queda Juanito, pues a ocuparse de él, que más queda ¿No? ¿Antes cuándo te preocupabas por mis estudios? ¿Cuándo te interesante por lo que iba a estudiar? Pero ahora sí ya te diste cuenta de que también existo… ¡Y tú también! —señalando a Doña Imelda— Tu consentido siempre fue José —y adoptando un tono de mujer— ¡es el vivo retrato de mi papá! ¿Y de qué te sirvió? Se casó con quien él quiso, no con la que tú le querías imponer ¿Y qué hiciste? Te pusiste a llorar quién sabe cuántos días, me abrazabas, me decías que tu hijo te había fallado, tanto amor para nada, según tú… Y no te importo a quién se lo decías, lo único que querías era desahogarte… Y ahora me preguntan que qué tengo, ¿Saben qué es lo que tengo? ¡Rabia y coraje! ¡Porque siempre me discriminaron! Yo nunca podía tener razón, ¿Cómo? Era el menor, el que se coló, el indeseable… ¿Y este es el más chiquito? Les preguntaban, y cómo contestaba papá, “Sí, es la oveja negra de la familia, si tan solo hubiera sacado un poco de Laurito, qué diferente sería”… Y eso me dolía y todavía me duele, ¡así que, por favor, déjenme de estar chingando!
Se empezaban a escuchar los sollozos de Doña Imelda, sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas arrastrando la pintura del rímel, no podía creer lo que había escuchado, reconocía para ella misma que José era su preferido, pero nunca había hecho de menos a ninguno, y eso lo sabía Juan. Don Lauro, por su parte, más que sentirse molesto por lo que escuchó, experimentó cierta decepción, siempre se había considerado una persona justa y no alcanzaba a concebir que tal vez lo que dijo Juan era verdad, se sentía confuso, decidió dejar por el momento las cosas como estaban, reflexionar un poco y después poder hablar tranquilamente, también pensando que esa fuera la última discusión en su familia. Tomó su portafolios, subió a su auto y se fue sin decir palabra alguna.
Juan también se retiró, dejando a su madre sola y llorando, caminó llevado de la mano de su instinto y cuando volvió a la realidad se encontró a las puertas de su escuela. Después de pensarlo decidió no entrar y seguir caminando, tenía que pensar, nunca se había comportado de esa manera, nunca les había faltado el respeto a sus padres, se daba cuenta que había herido a la persona que más quería, a su madre, estaba arrepentido y se sentía mal.
No se merecía eso —pensó— ¿Y ahora qué hago? ¿Con qué cara me presento ante ellos? ¿Les pediré una disculpa? ¡No, ni madres, no puedo! ¿Por qué siempre tiene que pasarme esto a mí? ¡Soy una pinche basura! ¿Y si me olvido de este estúpido orgullo? ¿Y si regreso a Neuróticos? ¿Qué hago?
Ensimismado en sus pensamientos siguió caminando por varias horas, no sentía hambre pese a que solo había probado un pedazo de pan en el desayuno, tampoco sentía cansancio. Marchaba sin rumbo fijo, de vez en cuando retornaba a la realidad y se daba cuenta del lugar donde se encontraba, sabía que estaba lejos de casa, pero también sabía que tenía que regresar, comenzaba a anochecer cuando resolvió hacerlo.
—Lo que me faltaba —se dijo a sí mismo—, que este par de imbéciles se vengan a meter en lo que no les importa.
Afuera de su casa se encontraban estacionados los carros de sus hermanos, Lauro y José, el de Don Lauro no estaba, cosa extraña ya que siempre acostumbraba a llegar temprano. Se introdujo tratando de no hacer ruido y se dirigió a su cuarto, pero en las escaleras se encontró a su madre y a José abrazados, ella todavía con lágrimas en los ojos, tal y como la había dejado en la mañana, esto le pareció el colmo.
—¡Lárgate de aquí, imbécil! —le gritó José tomándole de la chamarra.
—¡Qué traes, pendejo! —colérico e intentado ponerse en guardia, temiendo una posible pelea.
Doña Imelda inmediatamente trató de separarlos y después de algunos esfuerzos inútiles, lo consiguió. Ordenó a José que bajara, y tomando del brazo a Juan lo condujo hacia le cuarto de éste. No dejaba de sollozar, Juan se sentía terriblemente culpable, pero intentaba ocultarlo. Trató de adivinar lo que su madre diría, tal vez le exigiría una disculpa, ¿O sería al revés?
—¿En dónde estuviste todo el día, hijo? —tenía el corazón oprimido.
—Caminado, pero ¿Qué pasa? —un poco asustado por la actitud de ella.
—Hijo, Lauro y tu tío Manuel acaban de salir para el hospital, nos avisaron que tu padre sufrió un accidente y acaba de fallecer —y abrazándose del hijo, siguió llorando.
(Febrero-1994)

Isidro Morley
Autor
«Desde muy pequeño me gustó leer, y desde muy joven quise ser escritor y lo intenté, pero me faltó disciplina y creérmelo, de todas maneras algo salió de esas intenciones, las cuales nunca murieron, así que vamos a cerrar la vida cumpliendo el sueño…»