Seleccionar Página
Retorno al Sueño

I

Cristina regresaba a sus grises pensamientos, no hallaba el camino que le ayudara a traspasar la muralla casi infranqueable que ante sus ojos se levantaba inmensa. De algo estaba segura, no se daría por vencida, al contrario, gracias a esa leve esperanza vislumbrada sentía poseer la fuerza necesaria para enfrentar la situación.

El día anterior logró por fin ver a Óscar, aunque de lejos, iba acompañado por ella, por la
desconocida, razón por la cual no pudo acercarse. Antes de que las lágrimas nublaran su vista, la determinación de actuar estaba tomada, ¿cómo? Aún no lo sabía.

A pesar de todo se sentía desconsolada. No supo el tiempo ni la distancia que pasó
absorta en medio de la nada, del temor a un despertar impensable de soledad. Ese domingo por la mañana en la Iglesia escuchó decir al sacerdote: "...es menester la resignación... resignación...resignación..." retumbaba burlonamente por sus oídos casi hasta hacerlos estallar. Por mí, el Padre, su Iglesia y sus sermones se pueden ir a la fregada, sentenció molesta.

Como si lo viviera de nuevo, recordó los años de su niñez y los primeros de su
adolescencia, en especial el sexto de primaria. Fueron compañeros inseparables de banca, era la última semana del ciclo escolar, la primera al dulce despertar del amor.

—Cristina, te digo algo y no te enojas ­—preguntó Óscar con una timidez reflejada en su rostro multicolor.

—Dímelo, pero no sé si me vaya a enojar —contestó, llena de esperanza.

—No, tienes que prometérmelo —dijo redoblando esfuerzo para no ceder a la tentación de salir corriendo del lugar.

—Bueno, no me enojo —saboreando de antemano lo que desde algún tiempo deseaba.

—¿Quieres ser mi novia? ¡Mañana me contestas! —Gritó al dar media vuelta y salir
corriendo del salón.

Si bien ya lo esperaba, Cristina, muda de sorpresa y alegría inmedible, permaneció por
varios minutos soñando despierta. Su respuesta era obvia; habrá que esperar sólo a mañana, pensó. Una compañera la sacudió y fue cuando regresó a la realidad. Los segundos, minutos y horas restantes al día siguiente se hicieron interminables.

Al día siguiente, como si se hubieran puesto de acuerdo, Óscar y Cristina fueron los
primeros en llegar al Colegio. No intentó siquiera hablarle, fue ella quien tomó la iniciativa, algo que se repetiría con frecuencia. Dijo ya tener una respuesta.

—¿De qué? —Preguntó él haciéndose el desentendido.

—De lo que me dijiste ayer —recalcó ella.

—Ah, sí cierto ¿y?

—Pues sí.

—¿Si qué? —Sacudiendo nerviosamente de su ropa algún polvo imaginario.

—Si quiero ser tu novia.

—Bueno —y salió corriendo del salón como el día anterior.

Eso y lo que sucedió a lo largo de varios años fue maravilloso, recordó Cristina.

Juntos también en la secundaria, prosiguieron su temprano idilio que poco a poco se
convirtió en verdadero amor. En tercer año fue cuando, sin temor a nada, pactaron aquel amor recíproco sellándolo con la fusión de sus seres convirtiéndose en uno mismo.

Más tarde, al ingresar a la preparatoria, cada uno lo tuvo que hacer en diferente escuela.
Pero ni eso logró aminorar su cariño, al contrario, estuvieron más juntos que nunca. Algunas veces salían al cine, a comer, al parque; y otras veces, buscaban estar a solas para seguir profesándose el inmenso placer de continuar juntos.

Por intereses de los negocios del padre de Óscar, la familia tuvo que emigrar a otra ciudad. Golpe terrible a la pareja. Sus sueños se veían derrumbados con la misma facilidad que cae de un débil soplido un castillo de naipes. Negro panorama de insospechado destino; aún así, pensaban que ni tan inmensa distancia lograría separarlos.

Los últimos días los vivieron de manera intensa, tardes gloriosas de entrega total. Cada
despedida auguraba lo que indefectiblemente tenía que llegar: no verse por un incalculable largo tiempo.

En el momento del adiós, las lágrimas se mezclaron en una sola cascada de felices
recuerdos, de fortalecidos años de ideales compartidos dulcemente. Cuando regrese, será para casarnos, fueron las últimas palabras que de él escuchó.

Cuántas ilusiones se fueron diluyendo, pensaba Cristina. Aún queda tiempo, se dijo para
darse fuerza.

Al principio las cartas no faltaban cada semana, llenas de palabras gratificantes y
esperanzadoras, de sueños todavía latentes, de recuerdos no lejanos. Con el paso de los meses, el espacio entre misivas se fue alargando, ya sólo eran saludos y débiles recuerdos de mutuas promesas. Un año y medio posterior a la triste despedida, toda correspondencia entre ambos desapareció completamente.

Aparentemente el tiempo y la distancia habían desdibujado y secado aquel océano de
ilusiones; ahora eran sólo vagos recuerdos de momentos felices de dos jóvenes inexpertos, como le decía su madre a Cristina para consolarla.

Retorno al Sueño

II

Al momento de volverlo a ver, Cristina se dio cuenta que lo seguía amando. El supuesto
olvido existió sólo en la imaginación de ella.

Y así de rápido como se enteró de la noticia del regreso de Óscar, también de que él volvía para arreglar algunos papeles de su próxima boda. Esta cruel noticia sumada a la que venía acompañado por ella, por la futura esposa, fueron suficientes para que Cristina cayera hundida en una depresión llena de mutismo y dolor. Sólo el febril deseo de recuperar el cariño de Óscar pudo levantarla y que pudiera luchar con todas sus fuerzas por algo que ya le había pertenecido.

Al fin, después de tanto tiempo, sus miradas se encontraron de frente. Como torbellino, los recuerdos comenzaron a girar imparables por las mentes. No hacían falta palabras, cual dos imanes, se unieron en un fuerte y prolongado abrazo; al separarse, sus almas quedaron unidas para siempre. Sin dejar de mirarse y ambos con lágrimas como cuando la despedida, caminaron tomados de la mano.

—¿Es verdad lo que escuché? —Preguntó temerosa, rompiendo así el silencio— ¿es cierto que te vas a casar? ¿Ya olvidaste lo que pasamos juntos?

—No sé ni que decirte —interrumpió lleno de dudas—, ha pasado tanto tiempo.

—¿Dejaste de quererme?

—No, pero ahora estoy tan confundido.

Y era verdad. Al momento de estrecharla nuevamente entre sus brazos, aquel cariño que
creía casi olvidado resurgió con más poder que antes. Se encontraba en un dilema, por un lado, era Rita, su novia, a la que quería pero no amaba; por otro, Cristina, el amor de siempre, la adoración infinita que la distancia había embrollado.

Guiados por el instinto llegaron al parque evocador de un pasado feliz, y como antes, se
tumbaron a la sombra del mismo árbol.

De nuevo las palabras se negaron a brotar, en medio del silencio abrumador trataban, él,
de hallar una justificación y, ella, el decirle que nunca lo pudo olvidar, el nulo entendimiento a lo sucedido. Era la pena del alma por la tristeza de la distancia.

—Creo que te debo una explicación —declaró Óscar rompiendo el mutismo que los envolvía— pero antes te pido perdón.

—No tienes porqué —aclaró Cristina— antes de irte ya nos habían advertido lo que podía pasar.

—Aún así, debo explicar; aunque seguro ya sabrás por qué regresé —la voz denotaba temor a lo próximo a decir— me tengo que casar— palabras sabidas resonantes hasta el alma.

Un breve silencio inundó otra vez el espacio enmarcado por el cielo gris amenazante.
—¿Por qué?

Sin escuchar esto último, Óscar comenzó a hablar sin cesar, parecía que al hacerlo
intentaba justificarse a sí mismo de su error.

—Muchas veces estuve tentado a regresar, pero por una cosa u otra no lo pude hacer.
Después conocí a Rita, su padre es el médico con el que nos atendemos. Para ese tiempo tú y yo habíamos dejado de escribir, así que después de salir algunas veces nos hicimos novios. No por eso había dejado de quererte... —sus ideas se mezclaban confusas—... luego pasó algo, no sé si fue mi imaginación, pero sentía que ella poco a poco me iba enredando, y yo no hacía nada por evitarlo. Óscar hizo una breve pausa para darse valor —comenzamos a tener relaciones, y al final, lo que tenía que suceder, resultó embarazada. Cuando me lo dijo, inmediatamente busqué una solución, le propuse no tenerlo, pero se negó y fue cuando iniciaron los problemas. Su padre se enteró y me exigió que me casara con ella; para mí fue algo desesperante, no sabía qué hacer. Tuve que hablar con mis padres y me exigieron lo mismo, así que no me quedó otro camino que aceptarlo. Empezamos con los preparativos y fue por ello que tuve que volver para arreglar algunos papeles. Pero ahora, al volver a verte, no sé lo que voy a hacer. Existe una obligación que no deseo cumplir y, por otro lado, sé que no podría vivir sin ti —dejó de hablar para mirar el rostro de Cristina, cubierto de lágrimas que no intentaba ni deseaba reprimir.

—¿Y ahora qué va a pasar? —Musitó ella, apenas perceptible.

—No sé, ayúdame por favor —suplicó angustiado.

—La decisión es tuya, pero lo que resuelvas yo lo aceptó. El que estés aquí me parece
increíble, aunque nunca imaginé que sería en estas circunstancias. De todos modos, debes saber que jamás dejé de quererte.

Buscaron en medio de las primeras gotas de lluvia una solución. Minutos en que sus
cerebros redoblaron esfuerzos.

—Voy a hablar con ella y trataré de explicarle, ojalá me comprenda, porque ahora sí no
estoy dispuesto a perderte, no voy hacer algo que no quiero.

—¿Y si te convence?

—No podrá —aseguró Óscar, aunque por dentro de sí mismo esa seguridad se mostraba
sin fuerza; ni siquiera sabía si se atrevería a hablar con ella.

—¿Cómo voy a saber lo que pasó entre ustedes? —Preguntó Cristina.

—Después de hablar con ella, te habló por teléfono.

Cristina conocía de sobra que a él se le podía manejar con facilidad, por lo mismo, el futuro se presentaba incierto.

—Para facilitártelo, vamos a hacer una cosa —propuso Cristina, jugándose su última carta —, si dan las ocho de la noche y no has llamado, querrá decir que no pudiste hacer nada por lo nuestro, "o atreverte", pensó, y no habrá más que decir. Pero si llamas y me dices que lo hiciste, demostrarás que en verdad me quieres.

—Dame hasta mañana, necesito tiempo— suplicó Óscar, temiendo perderla nuevamente.

—No, si me quieres lo harás hoy —contestó tajante, pero a la vez sufriendo por haberse, tal vez, precipitado.

—Claro que lo haré —respondió decidido.

Retorno al Sueño

III

Cristina, al regresar a su casa, se sentía vacía de ánimo, presentía que la llamada nunca iba a llegar. Faltaban tres larguísimas horas, ciento ochenta minutos que percibía interminables. Pensó que necesitaba relajarse, tomó un libro, y por su vista comenzaron a desfilar palabras incomprensibles en ese momento. De pronto, sus ojos se posaron en un poema de Jorge Luis Borges, redoblando así su pesimismo:

Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo,
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que ya nunca abrirá...

Era la calle en la que Óscar nunca transitará, el espejo en las pupilas de Óscar; la puerta
que jamás Óscar traspasará; ella era el libro que nunca leería Óscar... Óscar... Óscar... Óscar... "no llamará, estoy segura", decía, presa de tristeza y desolación.

 

—¡Bueno!... ¡Quién hablal… ¡Óscar!... —gritaba desesperada al no escuchar voz alguna al otro extremo del teléfono— ¡Bueno!... ¡Bueno!... ¡Contesta por favor!... —suplicaba mientras su alma se desgarraba en jirones que colgaban y se enredaban en una desesperanza casi tangible y que había pronosticado.

—Habla Óscar —voz tranquila presagiando tempestad. De nuevo un silencio de frustración, de amargura —, me tengo que ir.

De súbito despertó sobresaltada. Se había quedado dormida, todo fue un sueño. Pese a la pesadilla, ésta sirvió para que avanzara el tiempo, aunque temía fuese un oscuro vaticinio a una realidad próxima. ¿Y si esto fuera verdad?, Se preguntó, consciente de que podía suceder, ¿qué haré después? Tan cerca y tan lejos, sentenció.

Comenzó a reflexionar acerca del futuro devastado en soledad, ya lo daba por un hecho. A pesar del tiempo de no tenerlo con ella, la ilusión nunca la había abandonado. Se daba cuenta que ésta fue su última oportunidad y la dejó escapar. Un fracaso en el que pudo haber hecho más, así como a veces uno se da cuenta de la verdad cuando es demasiado tarde. Sin él no podría vivir, lo idolatraba con un fervor y una pasión inimaginable; el pasado con él no tendría futuro. Inmediatamente se lanzó a la habitación de su madre en busca de las pastillas que le recetaron para dormir. Si el teléfono no sonaba a la hora indicada, su deseo sería dormir profundamente para olvidar.

El tiempo transcurrió sin novedad. El teléfono, apagado a la creencia de un sueño aún
posible, permanecía sin dejar escapar el sonido de aquel timbre vivificador. El frasco de pastillas, sonriente a su próximo cometido, brillaba encima del buró anunciando la única salida. Y ella, sufriendo como un hereje en víspera de la hoguera, esperaba impaciente algo que no ha de llegar.

"Es menester la resignación... resignación... Óscar... Óscar... teléfono... siete cincuenta y
seis... recuerdos... la niñez... Óscar... la boda... siete cincuenta y siete... el timbre...".

Maldita garra sentimental, sentía una opresión de congoja en el pecho. El reloj marcaba
siete cincuenta y ocho, aún quedaba tiempo. Decidió pasar el cepillo por sus largos cabellos, "tal vez no llame y haya querido venir personalmente", no quería que la encontrara desaliñada.

Las manecillas se aproximaban a las ocho, alcanzaban la hora, la sobrepasaban. Burlándose, los minutos que antes se negaban a avanzar, ahora lo hacían con rapidez y crueldad.

El amor se mezcló con el odio. La esperanza desapareció en el fracaso. El vivir se convirtió en la nada. Mientras las lágrimas arrastraban la pintura del rímel dibujando dos tristes líneas de dolor, sólo acertó a salir de su recamara y regresó, minutos, después, con un vaso de agua en la mano, convertida en una figura cadavérica que se adelanta a su destino.

Quince minutos después, entre penumbras y lejanamente, escuchó el timbre del
incontestable teléfono.

(1994)

Retorno al Sueño
Isidro Morley

Isidro Morley

Autor

«Desde muy pequeño me gustó leer, y desde muy joven quise ser escritor y lo intenté, pero me faltó disciplina y creérmelo, de todas maneras algo salió de esas intenciones, las cuales nunca murieron, así que vamos a cerrar la vida cumpliendo el sueño…»